Comparte el artículo REFLEJO: Otra vez estás sentada en la misma piedra en la que ayer meditabas. La luna gobierna el cielo ...
Otra vez estás sentada en la misma piedra en la que ayer meditabas. La luna gobierna el cielo mientras el mar riega las rocas suavemente, sin apenas oleaje. A estas horas de la noche no se oye ningún sonido que no sea el de la propia naturaleza y tu respiración. Prendes un cigarrillo y aspiras lentamente su humo, abrigada bajo el calor de ese chal que tanto te gusta. Observas el cielo y te das cuenta de la inmensidad de lo que te rodea, acurrucándote sobre ti misma.
Llevas ya muchas noches seguidas bajando a esa cala que tanto te gusta, tan desierta de personas que hacen ruido y te embuten la cabeza con sus sonidos. Desde donde te sitúas no se oye tan siquiera el ruido de la carretera y eso es algo que necesitas mucho últimamente. Tu vida está tomando un giro de ciento ochenta grados y cada día recurres a este lugar en busca de un poco de sosiego y tranquilidad.
Hace ya tiempo que tu vida era un desastre, pero últimamente te das cuenta de cómo los problemas se están solucionando, de cómo estás cambiando tu manera de enfrentarte a ellos. El último año ha sido indudablemente bueno respecto a los anteriores, pero en el último mes tu cabeza no para de dar vueltas y tus labios, sin obedecerte, no dejan de sonreír.
Tiras la colilla apurada del cigarrillo después de exhalar una última calada. Retienes largo rato el humo para después expulsarlo lentamente mientras, con una sonrisa, te maldices a ti misma por ese maldito hábito. Cualquier día tienes que tomarte en serio el propósito de dejarlo, aunque de momento lo vas dejando para más adelante. Como si el cielo no te creyera, la luna se esconde entre las nubes por unos momentos, dejándote en una pequeña penumbra igualmente apacible.
La leve oscuridad es fugaz y en pocos segundos un rayo de luna vuelve a iluminarte. Tu cabeza está baja y tu mirada reposa por un momento en tu brazo. Tu mente se queda por un segundo paralizada, pendiente de la extrema delgadez de tu extremidad y entonces tu sonrisa se borra y tus ojos miran hacia el infinito.
Hay instantes en los que te das cuenta de tu extrema estupidez y este es uno de ésos. Empiezas a recordar como te introdujiste poco a poco en tu propio infierno. Porque no hubo un momento concreto, un hecho que desembocara en el resultado que hasta la luna te refleja.
Porque antes eras feliz sin mirarte al espejo. Hubo una época en la que tenías un hombre a tu lado que te susurraba palabras de amor a cada momento sin importarle en absoluto tu completo abandono. Esas afirmaciones guiaban tus propios sentimientos, haciendo que tu reflejo fuera solo lo que es: una imagen.
Pero llegó el día en que el amor se acabó y el hombre dejó de susurrarte esas bonitas frases que te levantaban el ánimo, así que empezaste a escuchar a quien no debías. Pesabas ochenta kilos y estabas completamente descuidada. Tu cuerpo, antaño joven y estilizado, se había transformado en una masa informe sin que te dieras cuenta. Y bien se encargaron algunos de hacerte verlo.
Nerviosa vuelves a prender otro cigarrillo, repasando los sucesos que te han ido convirtiendo en la mujer que eres hoy día. Cuando el hombre se fue, cambiaste tu vida por completo para que el recuerdo de ese gran amor pudiera perderse. Te mudaste y renunciaste de tu trabajo para empezar en uno nuevo, donde nadie supiera cuan feliz habías sido.
El dolor tardó tiempo en desaparecer, pues una ruptura siempre es algo que tarda en cicatrizar, aun cuando queramos olvidar no siempre es fácil. Pero llegó el día que te apeteció salir de nuevo, conocer a alguien; estabas cansada de estar sola. Las chicas del trabajo nuevo organizaban una fiesta y tú estabas invitada, así que en vez de declinar la oferta con una sonrisa forzada, esta vez decidiste acudir.
Aquella noche, saliste de la ducha y paraste delante del espejo. Tal vez ese fue el momento que lo cambió todo, o quizás hacía tiempo que esto bullía en tu cabeza. Miraste horrorizada tu reflejo, incapaz de creer lo que te decían tus ojos. No podías reconocer la imagen que te estaba devolviendo. Tus cabello era un desastre, tus cejas hacía tiempo que se habían vuelto salvajes, tus ojos estaban hundidos entre unas ojeras espantosas y tu cuerpo era…tan distinto. Empezaste a probarte vestidos largo tiempo olvidados en el fondo de tu armario, sin conseguir que ninguno quedara como recordabas que lucían antaño.
Te sentaste en el borde de tu cama, de tu piso nuevo y silencioso, y las lágrimas empezaron a rodar por tus mejillas. Y esas gotas ligeramente saladas reflejaban la vergüenza que empezaba a corroerte.
Pero tú siempre te has considerado una mujer muy práctica, así que después de varios minutos te secaste la cara y te pusiste unos sencillos vaqueros con un jersey, prometiéndote a ti misma empezar una dieta en serio al día siguiente.
Siempre cumples tus promesas, incluso las que nadie te escucha hacer, y al día siguiente llenaste tu nevera de verduras y hortalizas tirando concienzuda a la basura todo aquello que tuviera grasas o demasiado azúcar. Satisfecha contigo misma, bajaste a la farmacia a pesarte apuntando el resultado en una libreta.
Cita con la peluquería y la esteticien y tu aspecto mejoró drásticamente, pero pasadas dos semanas acudiste de nuevo a la farmacia y tu peso no había descendido apenas, a pesar de llevar la dieta a rajatabla. Así que llegaste a casa, desilusionada, y fuiste directa a la cocina a retirar de los armarios los paquetes de galletas, los dulces y todo lo que pudiera obstruir tu lucha contra la grasa de tu cuerpo.
En el supermercado empezaste a fijarte en cada producto que se promocionara como light o bajo en grasas y hasta te animaste a probar los snacks integrales. Comprabas sacarina en vez de azúcar y leche desnatada en vez de entera. Pero la bajada de peso seguía siendo demasiado lenta.
Tu obsesión era tal que te fijabas en cada mujer con la que te encontrabas, comparándote en secreto con ella y decidiendo quien estaba mas gorda o mas bonita, sintiendo en tu interior alegría cada vez que salías bien parada en la complejidad de tu cabeza y odiándote cuando pensabas que la otra era mas linda.
Al cabo de un año, habías logrado bajar casi veinte kilos, privándote de todo aquello que fuera negativo y controlando cada caloría que metías en tu cuerpo. Tu ropa te quedaba grande y eso te hacía feliz, orgullosa de ser capaz de conseguir tu propósito. Pero seguía sin gustarte la imagen que te devolvía el espejo. Asqueada, cogías entre tus manos tu barriga y la apretabas hasta hacerte daño, odiando con todas tus fuerzas su aspecto. Querías estar más delgada, más estilizada, más bonita. Te perseguía la idea de poder volver a usar tirantes, o camisetas cortas, o minifaldas. Porque preferías seguir con tu ropa dos tallas menor a que alguien pudiera burlarse de tu aspecto, si dejabas entrever lo que había debajo de la ropa. Te enorgullecía escuchar como te decían lo delgada
Tus relaciones con el sexo opuesto eran extrañas y poco duraderas. No conseguías ser tu misma, ni sentirte bien con ellos en la intimidad. Incluso el sexo se tornó algo serio para ti, vigilando cada movimiento, procurando ocultar lo que pensabas que era algo feo a la vista de cualquiera.
Empezaste a saltarte comidas. No veías la necesidad de hacer un desayuno con más fuerza que un café. Pero cada vez que intentabas pasar un día entero de ayuno, a última hora de la noche, con unos retortijones espantosos, ibas directa a la nevera y empezabas a embutirte de yogures, embutidos o cualquier cosa que pillaras. El arrepentimiento que llegaba a consecuencia era tan grande que pasabas noches enteras sin dormir pensando en ello.
Y, una de esas noches, la comilona fue tan grande y te sentó tan mal, que en un momento dado vinieron las nauseas a tu garganta y saliste disparada al baño. Después de expulsar casi todo lo que habías engullido te sentiste bien. Y allí, sentada en el suelo al lado del retrete, te diste cuenta de lo fácil que te sería seguir adelgazando a partir de ese momento.
Parabas en la farmacia cada vez que pasabas por ella, anotando la fecha y el resultado en la libreta aun cuando solo hubieran pasado un par de días. Te anotaste al gimnasio y acudías a diario, sin importarte el cansancio ni el trabajo. El esfuerzo y el sacrificio se veían recompensados cada vez que alguien te decía lo linda y delgada que te veían. Salías con la cabeza bien alta, orgullosa, de las tiendas en las que antes solo mirabas escaparates con bolsas llenas de ropa que antes solo soñabas ponerte.
Pero la soledad seguía ahí. No permitías que mucha gente traspasara ese umbral que habías creado para protegerte del mundo. Aunque añorabas poder tener a alguien al lado, porque con pocas personas eras capaz de ser tu misma.
Había momentos en los que te dabas cuenta de la extremidad de tu estupidez, pero eras incapaz de poner fin a los hábitos que habías adquirido. La delgadez en tu rostro llegó a ser tan extrema que los pómulos se marcaban y los ojos se hundían. Y llegó el punto en el que hasta tú tuviste que reconocerte que estabas demasiado escuálida. Pero no conseguías parar. Cada vez que notabas ligeramente que subías algo de peso, volvías a tus malas costumbres, incapaz de aceptar un cuerpo con una talla mayor que la treinta y cuatro.
Tu mente estaba cansada, de pelear con tu cuerpo y con tu hambre, con la belleza o la felicidad. Algo dentro de ti te decía que pararas pero eras incapaz de sacar la báscula de tu cabeza. No podías borrar de tu mente la imagen del espejo reflejándote con cara desaliñada y un cuerpo demasiado grande. Y no podías permitir que volviera a mostrarla.
Porque a pesar de adelgazar casi treinta kilos en dos años y medio, la imagen del cuerpo bello y esbelto que esperabas encontrar nunca volvió a aparecer. La piel se cae, las caderas se ensanchan, amiga, y eso no lo puedes devolver a la situación original, por mucho que te mates de hambre. Has tenido que asimilar tu propio aspecto en un proceso largo y doloroso, en el que has perdido algo más que tu peso. La inseguridad que ahora te acompaña hace que parezcas una sombra de la mujer segura y decidida que había dentro de ti hace un par de años. Tus manos temblorosas son el final de un brazo esquelético incapaz de hacer grandes esfuerzos. Y ahora es cuando te planteas si merece la pena el sufrimiento padecido, si en verdad la delgadez es sinónimo de belleza. Paseas por un parque y envidias a las parejas que pasean felices, olvidándote ya de comparaciones absurdas entre cuerpos de mujeres.
La luz del día ha llegado sin que te des cuenta de que llevas largas horas sentada en esa piedra. El frío matinal se empieza a colar por tu espalda y hace que levantes la mirada hacia ese estallido de vida que el cielo refleja en una sinfonía de nubes y estelas. Tu mente permanece en blanco, dejándote llevar por la belleza del momento único e irrepetible en el que la naturaleza enmudece para que aparezca el rey de las estrellas. Esta mañana es distinta a cualquier otra y eso se refleja en tus grandes ojos verdes, hoy mas brillantes de lo habitual.
Enciendes el último cigarrillo del paquete y exhalas con fuerza. Estas empezando a vislumbrar el final del túnel en el que estabas estancada. Con mucha fuerza de voluntad y la vigilancia estrecha de tus amigos, realizas dos comidas al día, evitando expulsarlo casi siempre. Empiezas a creer en ti misma de nuevo, en tu cabeza y no en tu cuerpo.
Y ahora hay un chico. No te mira como los demás hombres, como si quisiera devorarte, y eso te gusta. Te trata como a una mas, sin alusiones a tu físico, pero tonteando contigo a la vez que haciéndote rabiar. Hace unos días te invitó a salir y aceptaste. El momento de elegir la ropa fue un desfile ante tus amigos, inseparables y preocupados compañeros. Por un instante, tuviste la sensación de que jamás le gustarías cuando estuvierais solos y viera tu cuerpo. Pero apartaste la idea de tu mente enseguida para no amargarte la cita.
Un suave y largo beso culminó una noche mágica en la que te pudiste mostrar tal y como eres, sin importarte en ningún momento hacia donde dirigiera él sus preciosos ojos verdes, sin preocuparte la intensidad de sus miradas.
Varias noches llenas de miles de besos, parcas en palabras y repletas de caricias. Y ayer, al caer la noche, antes de tu cita con esta cala olvidada, los abrazos se hicieron mas ardientes y las manos, deseosas, mas inquietas. Al desabrocharte la blusa, bajaste la cabeza con vergüenza y te giraste para apagar la luz. El cogió tu rostro entre sus manos y lo levantó para obligarte a mirarlo. Te sonrió y te beso de nuevo. Dándose cuenta de tu vergüenza te desnudó lentamente, te llevó hasta el espejo, ese que tanto odias, y te situó delante de el. Recorrió con sus manos y sus labios tu cuerpo, tus pechos e incluso tu odiada barriga, hasta que el deseo se descontroló y os fundisteis en un abrazo.
Ahora que la noche ha pasado, sientes que el calor vuelve a tu cuerpo y que la mente se abre a un mundo nuevo en el que no estés anclada a esa libreta. Decidida, abres tu bolso y la sacas. Relees tus anotaciones, asombrada de tu propio control. No dejas sin revisar ni una sola pagina, a pesar de estar completamente escrita, y tardas más de una hora en volver a cerrarla. Suspiras y sin pensarlo ni un segundo mas la lanzas al mar, lo más lejos que tu brazo alcanza. Observas su rápido descenso entre las aguas mientras una sensación de incertidumbre invade tu estómago.
Pero recuerdas que eres una mujer fuerte, o que estás en camino de volver a serlo, y deshechas esas emociones. Sabes que no será fácil y que tendrás momentos en los que te volverás a odiar, pero la luz está volviendo a tu vida, la obsesión te está abandonando para dar paso a la tranquilidad.
Te acercas a la orilla y metes los pies en el agua, con tu reflejo ondulado devolviéndote una sonrisa. Y un resonar en tu estómago te recuerda que hace rato que es la hora de desayunar.
| January 2012 | ||||||||||
| M | T | W | T | F | S | S | ||||
| 1 | ||||||||||
| 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | ||||
| 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 | 15 | ||||
| 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 | 22 | ||||
| 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 | 29 | ||||
| 30 | 31 | |||||||||
|
||||||||||
Últimos Comentarios